Cesare Pavese. Del libro: “El oficio de vivir. El oficio del poeta”. Narrativa completa 1. Edit. Bruguera.
Banana Yoshimoto. Del libro: “Tsugumi”. Edit. Tusquets.
Amanecí nuevamente con las costillas intactas: ninguna mujer
me acompañaba.
Sin embargo siento dolor en el pecho.
Algo crece dentro de mí. Ojalá sea Eva.
Inquieto la espero
y ya la amo.
René Avilés Fabila.
Del libro: “Cuentos y descuentos”. Edit. UV.
Alessandro Baricco
Del libro: “Océano mar”. Edit. Anagrama
Enamorarse en invierno no es una buena idea. Los síntomas son más sublimes y más dolorosos. La perfecta luz del frío estimula el deleite sombrío de la espera. Los escalofríos realzan el desasosiego. Quien se enamora por Santa Lucía se expone a tres meses de temblores patológicos.
Las otras estaciones tienen sus zalamerías, espinillas, escozores y frondosidades en las que sepultar los estados de ánimo. La desnudez invernal no ofrece refugio alguno. Más traidor que el espejismo del desierto es el famoso espejismo del frío, el oasis del círculo polar, un escándalo de belleza hecho realidad gracias a las temperaturas negativas.
El invierno y el amor tienen en común que inspiran el deseo de sentirse reconfortado por semejantes pruebas; la coincidencia de ambas estaciones excluye la posibilidad de alivio. Al amor le repugna compensar el frío con el calor y lo reviste de una impresión de obscenidad, aliviar la pasión abriendo las ventanas que dan al aire vivo envía a la tumba en un tiempo récord.
Amélie Nothomb
Del libro: “Viaje de invierno”. Edit. Anagrama
Las tarjetas y regalos que año tras año envías y recibes o enviamos y recibimos con ese sentido más o menos tonto que te o nos domina, pero que paulatinamente con base en una interrelación de recuerdos y olvidos vas o vamos dejando de enviar o recibir, como, comparando, esos trenes que se cruzan a lo largo de la vía sin esperanza de verse nunca más; o mejor, ahora autocriticando, pues la comparación con los trenes no resulta buena ni mucho menos, toda vez que se necesita ser un tren muy estúpido para no esperar volverse a ver con los que se encuentra; entonces más bien como esos automovilistas de clase media que, por el simple hecho de serlo, cuando se desplazan en su automóvil se sienten como liberados de algo que si uno les pregunta no saben qué cosa sea, y que una vez, una sola vez en la vida, coinciden contigo frente a un semáforo en rojo, y con los cuales durante un instante cambias tontas miradas de inteligencia al mismo tiempo que disimulada pero significativamente te arreglas el cabello, o te acomodas el nudo de la corbata, o revisas tus aretes, o te quitas o te pones los anteojos, según creas que te ves mejor, bajo la melancólica sospecha o la optimista certidumbre de que nunca más lo vas a volver a ver, pero no obstante viviendo ese brevísimo momento como si de él dependiera algo importante o no importante, o sea esos encuentros fortuitos, esas conjunciones, cómo calificarlas, en que nada sucede, en que nada requiere explicación ni se comprende o debe comprenderse, en que nada necesita ser aceptado o rechazado, ¡oh!
Augusto Monterroso
Nélida Piñon. Del libro: “Voces del desierto”. Edit. Alfaguara
Clarice Lispector. Del libro: “Agua viva”. Edit. Siruela
Doris Dörrie
Del libro: “El vestido azul”. Edit. Galaxia Gutenberg
Del libro: “Deja que la vida llueva sobre mí” de Nuria Amat. Edit. Lumen