Aún recuerdo esa perrita callejera que me siguió por tres días. Sus ojos me recordaron tu nombre. Y sin querer, te nombré con ella. En ese momento, no sabía que ya te quería. Pasaron muchos años para que comprendiera que no podía escapar de ti. Te miro en cada una de mis paredes y cada día, converso contigo. Busco una respuesta en tu sonrisa melancólica. Pienso en ti y pienso en mí. Me costó mucho amarte, pero valió la pena tu espera.