Cuando el aterrado público esperaba ver al inmenso King-Kong tomar entre sus manazas a la hermosa Far Wray, el gorila con paso firme salió de la pantalla, y pisoteando gente que no atinaba a ponerse a salvo, buscó por las calles neoyorquinas hasta que por fin dio con una película de Tarzán. Sin titubeos –y sin comprar boleto–, con toda fiereza, destrozando butacas y matando espectadores, se introdujo en el film y una vez dentro ansiosamente buscó su verdadero amor: Chita.
René Avilés Fabila.
Del libro: “Cuentos y descuentos”. Edit. UV.